Sillobre: El «Silicon Valley» del Blanco Nuclear

Sillobre: El «Silicon Valley» del Blanco Nuclear

Si crees que tu lavadora con inteligencia artificial, catorce programas de lavado y «vapor desinfectante» es la cumbre de la civilización, prepárate para un baño de realidad. Mucho antes de que los algoritmos decidieran cuánta agua consume tu ropa, en Sillobre ya habían diseñado la verdadera Industria 4.0 de Ferrolterra. Y lo hacían con una ingeniería química natural que hoy, en pleno siglo XXI, nos parecería ciencia ficción.

Ferrol, nuestra joya de la Ilustración, nació con un diseño impecable en el plano pero con un olvido logístico importante: no tenía lavaderos proporcionales a su crecimiento. Con el establecimiento del Departamento Marítimo del Norte y la construcción del Arsenal en el siglo XVIII, Ferrol experimentó un desarrollo demográfico exponencial que no fue acompañado de una infraestructura de saneamiento y servicios domésticos adecuada.

Esta crisis generó una oportunidad de negocio inmediata que las mujeres de Sillobre supieron profesionalizar. La burguesía emergente, la oficialidad de la Armada y las instituciones religiosas generaron una demanda masiva de servicios de higiene textil que la ciudad no podía satisfacer por sí misma.

Sillobre, gracias a su privilegiada hidrografía y a la disposición de sus tierras, se convirtió en el centro logístico de esta industria externa. Las mujeres de la parroquia, expertas en el manejo del agua y los textiles, asumieron el rol de proveedoras de servicios para los «señores de Ferrol».

La jornada de estas familias no empezaba en el río, sino en el muelle, en una maquinaria perfectamente coordinada que se iniciaba cada domingo, con el descenso hacia el Peirao de Perlío para cruzar la ría en lanchas de pasaje portando grandes cestos con la ropa limpia para entregar a sus clientes. Tras la entrega, recogían los fardos de ropa sucia y emprendían el camino de regreso.

En los inicios, estas mujeres cargaban fardos de hasta 40 kilos directamente sobre sus cabezas, subiendo las pendientes de Sillobre a pie antes de que los carros de vacas profesionalizaran el transporte pesado, lo que supone una muestra de la extraordinaria fortaleza física de estas mujeres.

Si cargar 40 kilos de lino seco sobre la cabeza por las cuestas de Sillobre ya era una gesta, el verdadero desafío llegaba a pie de lavadero. Tras el aclarado, la ropa mojada triplicaba su peso. Era entonces cuando las lavanderas, usando sus ‘paxes’ (cestos), debían realizar el último esfuerzo hercúleo: trasladar esa carga empapada hasta los prados de clareo. La logística estaba calculada al milímetro: la ropa solo volvía a cruzar la ría hacia Ferrol cuando el sol de Santa Mariña la había vuelto a dejar ligera, seca y de un blanco impecable.

Más que un lavado, «A Bogada» era una precisa ingeniería química de ocho etapas diseñada para desinfectar y blanquear la colada. El proceso se basaba en la alquimia de la ceniza de carballo (potasa), que al entrar en contacto con agua hirviendo generaba una lexivia natural (lejía) dentro de un caldero de madera o piedra llamado «pía».

Tras proteger la ropa con un paño llamado «tea», con el propósito de evitar que se ensuciara con la ceniza, y permitir un reposo prolongado para que la reacción actuara sobre las fibras, las lavanderas finalizaban el trabajo en el río. Allí, realizaban el clareo final antes de que el sol de Ferrolterra ejecutara el blanqueo nuclear definitivo sobre los prados.

La ropa de color y las prendas más delicadas, como las de los sacerdotes que a menudo eran prioridad absoluta, requerían un trato diferenciado para evitar el desgaste de los tejidos o la pérdida de viveza en los tintes. El uso de jabón artesanal creado por ellas mismas, frotado enérgicamente sobre las losas inclinadas de los lavaderos, se acompañaba del golpeteo rítmico con palas de madera.

Si pudiéramos viajar en el tiempo y sobrevolar con un dron estas laderas en un mes de agosto de aquella época, pensarías que había nevado. Pero no sería nieve; sería el impacto visual de hectáreas de ropa blanca extendida sobre la hierba verde.

Para lograr ese blanco que humillaba al de cualquier otra comarca, las lavanderas utilizaban el «Clareo». No consistía solo en dejar la ropa al sol, sino en el riego constante de las prendas mientras estaban en los prados de Santa Mariña. La combinación del agua pura, el jabón artesanal, el residuo de la potasa y la radiación ultravioleta generaba una reacción de oxidación que eliminaba hasta la última mota de suciedad.

El impacto visual de esta actividad era tan profundo que, según los relatos históricos, los campos de Sillobre aparecían cubiertos por un «gran manto blanco» debido a la inmensa cantidad de sábanas y camisas puestas al sol para su blanqueo o clareo.

Las lavanderas de Sillobre no solo lavaban ropa; lavaban la memoria de un pueblo. Eran mujeres resilientes, organizadas y fundamentales para la supervivencia de sus hogares. Desde Raíces Vivas, honramos su huella en cada piedra de los diez lavaderos que aún se conservan en la parroquia, testigos mudos de una historia escrita con agua, ceniza y mucho valor.

Hoy, cuando pulsamos el botón de nuestra lavadora moderna, deberíamos pedirle perdón al tiempo por haber olvidado que parte de nuestra identidad se cimentó sobre sus viajes en lancha, sus carros de vacas y aquel manto blanco que cada mes de mayo vuelve a nevar sobre Sillobre.

Disfruta Ferrolterra / Raíces Vivas

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