Si hay una noche en la que Galicia decide que la lógica es un concepto sobrevalorado, es la del 23 de junio. La Noite Meiga no es solo una excusa para que media comarca de Ferrolterra huela a humo y sardinas; es el momento en el que el gallego medio, ese que dice no creer en nada, saca el manual de ritos ancestrales «por si las moscas». Porque en Ferrolterra sabemos que una cosa es ser escéptico y otra muy distinta es arriesgarse a que una meiga te eche un mal de ojo por no haber saltado una hoguera a tiempo.
El fuego: Purificación y el arte de no quemarse las cejas
El centro gravitacional de la noche son las luminarias. En teoría, el fuego sirve para purificar el alma y dar fuerza al sol; en la práctica, es el método más eficiente para deshacerse de los apuntes de la universidad y de ese mueble de Ikea que lleva tres años pidiendo la jubilación.
«El fuego es el gran protagonista de la noche. En miles de plazas, aldeas y playas, se encienden las tradicionales cacharelas, también llamadas lumeiradas, cachadas o cachelas. El fuego simboliza el renacimiento y la destrucción de lo negativo. Es costumbre quemar en ellas objetos viejos, apuntes escolares o papeles donde se han escrito deseos y penas que se desean dejar atrás».
En nuestro rincón del noroeste, el epicentro del «piromanismo ritual» está en el barrio de San Xoán de Filgueira. Allí no se andan con chiquitas: celebran sus fiestas patronales con una luminaria monumental y la famosa «queima da bruxa», donde se incinera un pelele que representa todo lo malo del año. Si el alcalde de turno logra encender la mecha sin incidentes, se supone que tendremos un año tranquilo.
Mención especial merece la Luminaria de Batallones en Esteiro. Lo que antes era una tradición militar del Tercio Norte, ahora es un rito vecinal donde figuras como Leopoldo Díaz mantienen viva la llama (literalmente) para que miles de ferrolanos cumplan con el precepto de saltar el fuego. ¿Cuántas veces? Un número impar, por supuesto. Tres, siete o nueve; si saltas un número par, la protección se anula, y eso es algo que ningún habitante de Canido o Caranza está dispuesto a testear.

Botánica mágica: El «perfume» de las siete fuentes
Si la noche huele a sardina, la mañana del 24 huele a campo. El ritual de las Herbas de San Xoán es la prueba de que en Galicia todos llevamos un boticario frustrado dentro. Se recogen siete plantas (fiuncho, malva, romeu, etc.) que deben pasar la noche al «sereno» en un recipiente con agua de siete fuentes.
«La recolección de las «herbas de San Xoán» representa el conocimiento botánico ancestral gallego. Al atardecer del día 23, se recolectan plantas que, tras pasar la noche en agua al «sereno», se utilizan para el lavado purificador. Aunque el número total de especies puede variar, la tradición exige un mínimo de siete plantas»
Este agua «mágica» se usa para lavarse la cara al amanecer, prometiendo belleza eterna y salud dermatológica. Eso sí, la ironía del rito es que, tras lavarte, no puedes mirarte al espejo, o el hechizo se rompe. Es una forma muy gallega de decirte: «estás guapísimo, pero créetelo tú, que el espejo no hace milagros».

Agua de mar y meigas: El spa de medianoche
Para los que no tienen miedo a la hipotermia, el agua del mar en San Juan es el tratamiento definitivo. En nuestras playas, desde Esmelle hasta Ares, el rito de las nueve olas atrae a valientes que se meten en el Atlántico a medianoche para ganar salud o, si se busca descendencia, fertilidad. El consenso científico local es nulo, pero la tradición es inamovible: nueve golpes de ola a la altura del vientre y quedas como nuevo.
«Si el fuego limpia, el agua bendice y fecunda. Durante la medianoche de San Juan, todas las aguas naturales —mares, ríos y fuentes— adquieren propiedades milagrosas por la acción del rocío o «orballo» sanjuanero. El ritual más emblemático de la costa es el baño de las nueve olas, especialmente famoso en playas como A Lanzada, pero practicado en todo el litoral coruñés y de Ferrolterra. Se cree que recibir el impacto de nueve olas a medianoche otorga salud para todo el año y, en el caso de las mujeres, favorece la fertilidad y el embarazo».
Y mientras unos se bañan, otros se protegen de las meigas. En Ferrolterra no tenemos los grandes procesos de la Inquisición de otras zonas (aquí el Santo Oficio era más de «regañar» por superstición que de encender hogueras humanas), pero el miedo al meigallo sigue ahí. Por eso, después de la sardiñada —porque «en San Xoán a sardiña molla o pan»—, nunca falta la queimada con su correspondiente conxuro para espantar «mouchos, coruxas, sapos e bruxas».

Conclusión
En definitiva, la noche de San Juan en Ferrolterra es esa mezcla perfecta entre una fiesta de barrio con orquesta y un profundo respeto por lo invisible. No sabemos si las meigas andan sueltas por las Fragas del Eume o si el agua de las siete fuentes quita las arrugas, pero por si acaso, nosotros seguiremos encendiendo el fuego. Porque, como bien decimos por aquí: «Eu non creo nas meigas, pero habelas, hailas».