El Castillo de Moeche: Cómo sobrevivir a un asedio en un foso, a la ira de tus vasallos y a un error de Booking

Si abres cualquier manual de estrategia militar medieval, la regla número uno es de primero de primaria: construye tu maldito castillo en lo alto de una colina. En Moeche, sin embargo, Fernán Pérez de Andrade debió de pensar que las normas de la física y la lógica estaban para romperse y decidió plantar su fortaleza en el fondo de un valle.

No, no fue un despiste por falta de café por las mañanas: formaba un triángulo defensivo estratégico con Andrade, Narahío y Vilalba para controlar el paso de mercancías hacia la costa. El mensaje para los enemigos era claro: «No os veremos venir, pero tampoco os dejaremos pasar».

Pero el verdadero interés de Moeche no reside en su cuestionable elección de altitud, sino en sus cicatrices, su geología extrema y un fascinante sentido del humor histórico.

La convivencia social en el siglo XV no era precisamente idílica. Un buen día, el señor del castillo, Nuño Freire de Andrade —a quien el pueblo apodaba con sutil delicadeza «O Mao» (El Malo)— se pasó de la raya exprimiendo fiscalmente a sus vasallos. En 1431, un hidalgo de baja categoría llamado Roi Xordo decidió que las quejas por escrito no funcionaban, reunió a 3.000 vecinos enfadados y marchó hacia el castillo. Nuño, demostrando una valentía legendaria, huyó antes de que llegaran. ¿La solución del pueblo? Incendiar y demoler la fortaleza como símbolo de justicia.

Hasta aquí, una victoria popular de manual. El problema es que la historia tiene un sentido de la ironía bastante sádico.

Décadas más tarde, tras la Segunda Revuelta Irmandiña, el nuevo dueño del terreno, el Conde de Lemos, sofocó la rebelión y aplicó un castigo tan brillante como humillante: obligó a los propios vasallos rebeldes a reconstruir y ampliar con sus manos y su dinero el castillo que habían quemado. Y para colmo, trajo maestros canteros de Vizcaya para dirigir la obra. Un castigo administrativamente impecable: trabajas gratis, pagas la factura de los materiales y, encima, los puestos de responsabilidad se los llevan de fuera.

El resultado de aquella reconstrucción forzosa es el castillo que pisas hoy: un extraño octógono irregular con muros de mampostería de hasta tres metros y medio de grosor. No crean que se hizo por capricho de diseño de interiores; la artillería pirobalística empezaba a ponerse seria en Europa y los ángulos rectos eran una invitación a que te derribaran la pared al primer cañonazo.

Durante tu visita podrás explorar:

  • Las estancias de la servidumbre: Paredes de piedra fría en la zona sur donde se hacinaban hasta 100 personas sin calefacción central ni vistas al exterior. Una cura de humildad para cualquiera que se queje hoy de su piso de 50 metros cuadrados.
  • El adarve o paseo de ronda: Al que se accede por una preciosa escalera de caracol original de piedra tallada. Las vistas del valle son espectaculares, ideales para vigilar si viene la inspección de trabajo del Conde de Lemos.
  • La torre del homenaje: Un titán de 18 metros que alberga el Centro de Interpretación de las Revoltas Irmandiñas. Su rigor histórico se basa en el Preito Tabera-Fonseca, un descomunal expediente judicial del siglo XVI donde 183 testigos directos declararon todo lo que sabían sin morderse la lengua.
  • El toque friki: Para rebajar la tensión de las guerras feudales, la planta superior de la torre alberga maquetas de monumentos gallegos construidas meticulosamente con piezas del mítico juego de construcción Exin Castillos.

¿La dosis de drama romántico obligatoria? Por supuesto. Cuenta la leyenda que la hija de un señor feudal se enamoró de un plebeyo, el padre mandó atravesar al joven con una espada y ella se recluyó a morir de pena entre estos muros. Se dice que en las tardes de otoño su fantasma susurra por el adarve, aunque probablemente sea solo el viento de Ferrolterra haciendo de las suyas.

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