Crónica de una catarsis en el precipicio: «A Rapa das Bestas de A Capelada»

Crónica de una catarsis en el precipicio: «A Rapa das Bestas de A Capelada»

Si usted es de esos urbanitas que confunden un ecoparque con la naturaleza salvaje, la Sierra de la Capelada le pondrá rápidamente en su sitio. Aquí, en el extremo septentrional de la costa ártabra, donde los acantilados de Vixía Herbeira se elevan hasta los 613 metros sobre un Atlántico que no perdona, el paisaje no está hecho para el deleite contemplativo, sino para la supervivencia geológica.

Hablamos de rocas del complejo de Cabo Ortegal, formadas a unos 80 – 100 kilómetros de profundidad hace la friolera de 1160 x 1000 000 de años; básicamente, estamos pisando las tripas del planeta.

En este escenario de matorral atlántico y bruma perpetua, se celebra cada año —habitualmente el último domingo de mayo o primero de junio— A Rapa das Bestas de Cedeira. No lo llamen «espectáculo» si hay un ganadero cerca; llámenlo «curro», ese recinto de piedra donde la civilización y la barbarie se dan la mano para un corte de pelo anual que dejaría temblando al estilista más vanguardista de Madrid.

El protagonista no es un corcel de catálogo, sino el Caballo de Pura Raza Gallega (PRG). Técnicamente, estamos ante un animal elipométrico, de proporciones sublongilíneas y perfil recto o subcóncavo. Traducido al cristiano: es un poni celta de 120−145cm de alzada, robusto como un tanque y con una resistencia a la fatiga que ya quisiéramos tras subir tres pisos por las escaleras.

Estos animales viven en una semilibertad que es, en realidad, un eufemismo para decir que se alimentan de tojos (Ulex europaeus) y capean temporales que harían naufragar a un destructor.

La celebración comienza con la «baixa» (o bajada), donde los «besteiros» (el término local para los valientes que no temen una coz) peinan más de 2000 hectáreas para reunir a las manadas. Es fascinante observar la jerarquía equina: el semental protegiendo a sus yeguas, mientras los potros —o «poldros»— intentan entender por qué hoy no es un día normal de pasto.

Una vez en el «curro», la ironía se palpa en el ambiente. Mientras el público jalea desde los muros, dentro se desata una lucha de fuerzas desigual. La técnica en A Capelada, a veces más «aséptica» que el cuerpo a cuerpo puro de Sabucedo, no escatima en sudor. Se inmoviliza al animal —dos a la cabeza, uno a la cola— para realizar el saneamiento.

Aquí viene el momento técnico-sanitario: se les aplica desparasitación interna y externa, y se les implanta un microchip subcutáneo. Sí, la tradición se ha modernizado; ahora la trazabilidad administrativa es tan obligatoria como la fe. El corte de las crines, o «rapa», tiene hoy menos valor comercial (ya nadie rellena colchones con pelo de caballo, por suerte para nuestras cervicales) y más valor profiláctico: evitar infecciones y que el animal se quede enganchado en la maleza.

No se puede hablar de A Capelada sin mencionar el Santuario de San Andrés de Teixido, ese lugar donde, según la sentencia popular, «vai de morto quen non foi de vivo» . La leyenda dice que si usted no visita al santo en vida, lo hará después de muerto reencarnado en algún bicho. Así que, cuando vea a los caballos correr por la sierra bajo la niebla, sea respetuoso: podría estar viendo a su tatarabuelo cumpliendo su peregrinación póstuma.

Si decide asistir, no olvide comprar un «sanandresiño» de miga de pan —el del pez para el sustento, el de la barca para los viajes— y buscar la «herba de namorar» (o Armeria Pungens) en los bordes del precipicio. Eso sí, tenga cuidado: el equilibrio entre la devoción y el abismo es tan estrecho como los senderos que conducen al «curro».

A Rapa de A Capelada es, en última instancia, un pacto de sangre. El estrés de un día a cambio de 364 días de libertad absoluta en el monte. Es una simbiosis donde el hombre mantiene limpio el monte de incendios gracias al pastoreo de estas «biomáquinas» y el caballo recibe un seguro de salud anual a cambio de un par de fotos espectaculares para su Instagram.

Vaya, mire, coma un buen churrasco y respete a los caballos. Y si siente que el ambiente es demasiado salvaje, recuerde que ellos llevan aquí 1160 millones de años preparándose para su visita. El intruso, claramente, es usted .

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