Necesito un enemigo, please

Si para afirmar nuestra personalidad todos necesitamos un enemigo, aunque sea de baja intensidad, los servidores del estado lo necesitan nada más y nada menos que para ser útiles...

Si para afirmar nuestra personalidad todos necesitamos un enemigo, aunque sea de baja intensidad, los servidores del estado lo necesitan nada más y nada menos que para ser útiles. Imaginemos una policía secreta encargada de velar por la seguridad nacional frente a una amenaza organizada; si los responsables no presentan resultados satisfactorios serán cesados, pero si son tan eficientes que erradican el problema, se les reducirán los medios humanos y materiales por ser ya innecesarios. Como estas organizaciones terminan siendo un estado dentro del estado, y nadie vigila a los vigilantes, se nos sugiere como sospechoso el hecho de que tras conjurar una amenaza, aparezcan otras de manera escalonada.

Claro que a veces pasan cosas extrañas… o tal vez no. Por ejemplo, los servicios de “inteligencia” nacidos en la etapa final de franquismo, llegaron a la conclusión de que era imposible mantener la dictadura, y terminaron aconsejando sutilmente no oponerse a la marea democrática de la sociedad española, sino condicionarla. Es decir, antes de ser derribados en el aire, pilotar la Transición hacia una pista de aterrizaje sin república, sin comunistas, y sin autonomías. Es verdad que no se estrellaron, pero el aterrizaje tuvo algo de forzoso.

Cada semana entregaban un boletín de 50 folios (el de la portada era de color), a los ministros, al ejército y a las fuerzas policiales. Aunque era material “off the record”, en este país es imposible guardar un secreto y se hacían fotocopias para el cuñado, el primo y los amigos, así que terminaban en manos de los espiados, o sea, nosotros. Recuerdo con  satisfacción que tras los revisionistas del PCE, y el reaparecido PSOE, los más citados éramos nosotros: ¡el PTE  y nuestra rama juvenil, la Joven Guardia Roja!

Ser la medalla de bronce en la subversión era todo un subidón de auto-estima, y la prueba irrefutable de que les teníamos acojonados, o si se quiere decir de otra manera “Ladran Sancho, luego cabalgamos”.