A 266 metros sobre el nivel del mar, allí donde el viento atlántico susurra viejas leyendas y la bruma acaricia la roca, se erige el Mirador de A Bailadora. Este balcón natural corona el imponente macizo de Montefaro, que constituye el punto más elevado del municipio de Ares.
Al alcanzar esta cumbre, el espeso bosque se abre para desvelar una de las panorámicas más sobrecogedoras del Golfo Ártabro, una atalaya suspendida entre el cielo y la ría donde aguardan colosales cañones dormidos y los ecos de un antiguo monasterio.
El Nombre: Entre la Metáfora y las Piedras
Es casi una tentación literaria asomarse a este balcón, recordar que nos encontramos en el municipio de Ares y fantasear con que el mirador le debe su nombre al belicoso dios griego de la guerra. Resulta tremendamente evocador imaginárselo aquí arriba, ejecutando su letal y grácil danza de combate sobre las baterías militares.
Sin embargo, licencias poéticas aparte, la verdadera historia del topónimo «Pena Bailadora» (o A Bailadora) es menos mitológica y mucho más telúrica: guarda en sí misma la memoria de los primeros pobladores de esta cumbre.
Su origen hace referencia a un antiguo monumento megalítico, concretamente a lo que en Galicia se conoce como una pedra de abalar. Se trataba de colosales piedras caballeras que, por capricho de la erosión o por la mano de nuestros ancestros, quedaban apoyadas en un punto de equilibrio tan milimétrico que oscilaban o parecían «bailar» al ser empujadas por los feroces temporales atlánticos.
Desde una óptica fundamentada en la arqueología gallega, los expertos sugieren que «Pena Bailadora» alude muy probablemente a la existencia pretérita de un monumento megalítico en la cumbre. Era frecuente en la cultura celta y en las sociedades prehistóricas del noroeste peninsular erigir o identificar grandes bloques de granito en equilibrio inestable (conocidos como «piedras oscilantes» o piedras caballeras) en lugares de alto dominio visual. Estas formaciones, que parecían «bailar» al ser empujadas o bajo la acción de vientos huracanados, recibían denominaciones similares y funcionaban como hitos territoriales o centros ceremoniales.
Lejos de ser una simple curiosidad geológica, estas moles de granito servían como hitos territoriales y espacios de culto sagrado para las antiguas tribus de la comarca, dotando a este promontorio de un aura mística mucho antes de que se llenara de cañones.
Un Promontorio Sagrado: El Monasterio de Santa Catalina
Mucho antes de que la humanidad soñara con pólvora, acero y presupuestos de defensa, este promontorio ya era un lugar sagrado. A escasa distancia del mirador, inmerso en la misma ladera boscosa de Montefaro y perteneciente también al concello de Ares, se encuentra el Monasterio de Santa Catalina, fundado en 1393 por el noble Fernán Pérez de Andrade, conocido como ‘O Bo’ (El Bueno).

Hoy en día, los muros de piedra de este gran cenobio franciscano siguen en pie custodiando siglos de historia, pero no desvelaremos aquí todos sus secretos, ya que este imponente complejo religioso bien merece un artículo aparte para él solo.
El «Triángulo de Fuego» y el Trasero de la Reina
Al asomarse a la barandilla del mirador, la Ría de Ferrol se despliega a los pies del viajero como un abrazo líquido, con el Arsenal militar y los astilleros perfilando el horizonte. Desde esta atalaya se domina visualmente lo que en su día fue una de las coreografías defensivas más letales de Europa: el temible «Triángulo de Fuego».

Orquestado por los castillos de San Felipe (en la orilla norte), La Palma (en la orilla sur) y el hoy casi desaparecido San Martiño (situado en la costa del propio municipio de Ares), su contundente forma de dar la bienvenida a las flotas invasoras consistía en tensar una gigantesca cadena de hierro de orilla a orilla. Cuando los orgullosos navíos enemigos quedaban enredados en ella, perdiendo toda su inercia, los castillos los acribillaban sin piedad a quemarropa.
El mecanismo de cerrojo del canal constituía un hito de la ingeniería de la época. Una colosal cadena de hierro forjado se tendía de orilla a orilla, conectando los gruesos muros del Castillo de San Felipe con los cimientos del Castillo de San Martiño (replicando sistemas análogos empleados en el Estrecho de Rande, en Vigo). En caso de aproximación de una flota hostil, la cadena se tensaba mediante tornos, bloqueando físicamente el avance de las embarcaciones de vela. Al chocar contra el obstáculo y quedar sin inercia, los navíos enemigos se convertían en blancos estáticos y letales para la artillería concentrada y cruzada de San Felipe y La Palma, que los destrozaban sistemáticamente mediante fuego a quemarropa.
Asimismo, el sistema defensivo perimetral se completaba con fortalezas menores en la ría de Ares, como la Batería de Raso, situada en la punta que domina el arenal de Seselle, de la cual hoy no perviven vestigios arqueológicos en superficie.
Precisamente a los pies de lo que queda de San Martiño descansa la ensenada de Nande, hogar de una roca bautizada popularmente como el Cu da Raíña (El trasero de la Reina). Cuenta la socarrona tradición local que la reina Mariana de Neoburgo, tras naufragar, posó allí sus reales y empapadas posaderas a la espera de ser rescatada por los fornidos marineros de la zona.
Patrimonio Militar: El Plan de 1897 y el Escudo de Acero
Cuando a finales del siglo XIX los buques de guerra se vistieron de grueso blindaje de acero, los cañonazos a ras de agua de los viejos castillos dejaron de hacerles cosquillas. Para blindar la estratégica base naval de Ferrol, el Ministerio de la Guerra español aplicó una solución táctica radical en el año 1897: perforar las entrañas de la montaña y subir la artillería a las nubes para instalar la Batería de A Bailadora.
El ritmo de construcción fue frenético. Para enero de 1898, el macizo de Montefaro ya coronaba sus tres nuevas baterías (Fuente Seca, Pena Bailadora y Faro), que, separadas por apenas mil metros entre sí, tejían una red defensiva absolutamente infranqueable.
La aparición de los nuevos buques acorazados dejó obsoletas las fortificaciones a nivel del mar, ya que sus disparos horizontales simplemente rebotaban contra el blindaje enemigo. Para solucionar esta vulnerabilidad, el Ministerio de la Guerra decidió en 1897 elevar la artillería aprovechando los 266 metros de altitud de Montefaro.
Esta altura permitía realizar un tiro parabólico; de este modo, los proyectiles caían verticalmente desde el cielo, esquivando la coraza lateral y destrozando las frágiles cubiertas de madera de los barcos, que eran su único punto débil.
Laberinto de Hormigón: En las Entrañas de la Batería
En la actualidad, A Bailadora es mucho más que un simple mirador: es un sobrecogedor legado de patrimonio militar al aire libre. Al pasear por su explanada, el visitante puede explorar de primera mano las estructuras defensivas abandonadas y los búnkeres de hormigón.
Lo más impresionante es adentrarse en la red de oscuros túneles excavados directamente en la roca viva; unas galerías subterráneas totalmente accesibles hoy en día que antaño conectaban los polvorines a prueba de bombas y las dependencias para las tropas.


Aún pueden verse en el suelo los raíles circulares donde rotaban los gigantescos obuses Ordóñez —diseñados para que sus proyectiles cayeran verticalmente perforando las cubiertas enemigas— y los anclajes de la artillería antiaérea que se instaló posteriormente en la Guerra Civil.

¿Y saben cuál es la suprema ironía de este colosal esfuerzo bélico? Que sus cañones jamás abrieron fuego en combate real contra ninguna flota enemiga. Es un escenario fascinante donde el visitante puede tocar la historia con sus propias manos mientras la naturaleza va devorando lentamente el hormigón.
Renacimiento: «Ares Verde» y los Millones de Europa
El ejército recogió sus bártulos y abandonó el lugar en el año 1990, cediendo el testigo a la maleza, el salitre y los grafiteros. Sin embargo, la historia reciente trae promesas de redención.
Hoy, la zona es el corazón del proyecto turístico y deportivo «Ares Verde», un paraíso para el senderismo y el ciclismo de montaña (MTB). Sus visitantes se pierden por rutas salvajes que bordean vertiginosos acantilados, como la afamada travesía que une los caminos del centro de Ares con la Punta Segaño.
Además, un ambicioso plan institucional regado con fondos europeos (NextGeneration) y capitaneado por la Diputación de A Coruña a principios de 2025, ha decidido poner fin a la ruina de estos gigantes militares. Se ha aprobado una inversión inicial de más de 355.000 euros destinada a desbrozar la selva atlántica, consolidar los muros y dignificar el entorno de los túneles para convertirlo en un referente histórico europeo. Ya se barajan usos de futuro tan poéticos para estas baterías como la observación astronómica.


Hasta que ese lustroso futuro se materialice, A Bailadora sigue siendo ese rincón perfecto. Un lugar donde uno puede sentarse sobre las ruinas de un viejo búnker, respirar a pleno pulmón el viento del Atlántico, contemplar cómo el sol se esconde tras el horizonte y sonreír al pensar que celtas, monjes medievales y generales contemporáneos acabaron rendidos, exactamente igual que usted, ante la simple y abrumadora belleza de las vistas.