A 266 metros sobre el nivel del mar, allí donde el viento atlántico susurra viejas leyendas y la bruma acaricia la roca, se erige el Mirador de A Bailadora, coronando el imponente macizo de Montefaro. Para llegar a este balcón suspendido entre el cielo y la ría, el viajero empedernido debe tomar la carretera de La Palma (AC-133) y, tras dejar atrás el inconfundible aroma marinero de la villa de Mugardos, dejarse llevar por el desvío a la izquierda que serpentea montaña arriba.
Al final de este sinuoso ascenso, el espeso bosque se abre para desvelar una de las panorámicas más sobrecogedoras del Golfo Ártabro, un escenario inigualable donde aguardan colosales cañones dormidos y los ecos de un antiguo monasterio.
El Nombre: Entre la Mitología y las Piedras
El topónimo del lugar ya encierra cierto hechizo. A los espíritus más novelescos les gusta imaginar que Ares, el belicoso dios griego de la guerra, se paseaba por aquí y que su nombre homenajea su forma de combatir, tan grácil y letal que parecía ejecutar una danza sobre el campo de batalla.
La ciencia, un poco más prosaica pero igualmente fascinante, sugiere que «Pena Bailadora» rinde homenaje a un antiguo monumento megalítico; una de esas colosales piedras caballeras que nuestros ancestros celtas colocaban en equilibrio inestable para que pareciesen «bailar» al compás de los temporales, sirviendo de sagrado hito territorial para las antiguas tribus.
Desde una óptica fundamentada en la arqueología gallega, los expertos sugieren que «Pena Bailadora» alude muy probablemente a la existencia pretérita de un monumento megalítico en la cumbre. Era frecuente en la cultura celta y en las sociedades prehistóricas del noroeste peninsular erigir o identificar grandes bloques de granito en equilibrio inestable (conocidos como «piedras oscilantes» o piedras caballeras) en lugares de alto dominio visual. Estas formaciones, que parecían «bailar» al ser empujadas o bajo la acción de vientos huracanados, recibían denominaciones similares y funcionaban como hitos territoriales o centros ceremoniales.
Espiritualidad de Altura: El Monasterio de Santa Catalina
Mucho antes de que el hombre soñara con pólvora y acero, este promontorio ya era un lugar sagrado, un altar natural desde donde tocar la divinidad. En sus entrañas, durante unas excavaciones, se halló un hermoso disco solar labrado en piedra, adornado con gruesos rayos ondulantes, vestigio silencioso de cultos paganos que adoraban al astro rey.
Siglos más tarde, en 1393, la devoción cambió de bando. El noble Fernán Pérez de Andrade —a quien las crónicas apodaron tiernamente ‘O Bo’ (El Bueno), seguramente porque quienes opinaban lo contrario acababan bajo tierra— fundó a escasa distancia de la cumbre el Monasterio de Santa Catalina. Lo que sobre el papel era un idílico y pacífico retiro para los monjes franciscanos, en la práctica servía también para ejercer un férreo control sobre las jugosas rentas de gran parte del golfo Ártabro. De aquel esplendor eclesiástico quedan hoy sus restos románicos y góticos, y un precioso claustro renacentista que invita a la melancolía del paso del tiempo.
La elección del asentamiento monástico en lo alto de Montefaro no fue producto de la casualidad, sino de la pervivencia de la sacralidad del lugar. El territorio de la antigua tribu celta de los ártabros consideraba estas cumbres como promontorios sagrados donde el cielo y la tierra convergían. La historiografía gallega (con autores como Benito Vicetto) y los hallazgos arqueológicos realizados in situ confirman la preexistencia de un templo, altar o santuario dedicado al sol, presumiblemente de origen romano o de un periodo pre-romano inmediatamente anterior.
La evidencia material más contundente de este estrato religioso primitivo emergió durante unas obras de excavación y remodelación en los terrenos del convento. Se exhumó una pieza escultórica de extraordinario valor arqueológico: un disco solar labrado en piedra que exhibe la representación del astro rodeado por una serie de gruesos rayos ondulantes.
El «Triángulo de Fuego» y el Trasero de la Reina
Al asomarse a la barandilla del mirador, la Ría de Ferrol se despliega a los pies del viajero como un abrazo líquido, con el Arsenal militar y los astilleros perfilando el horizonte. Desde esta atalaya se domina visualmente lo que en su día fue una de las coreografías defensivas más letales de Europa: el temible «Triángulo de Fuego», una letal coreografía defensiva orquestada por los castillos de San Felipe (en la orilla norte), La Palma (en la orilla sur) y el desaparecido San Martiño.
Su romántica y contundente forma de dar la bienvenida a las flotas invasoras consistía en tensar una gigantesca cadena de hierro de orilla a orilla. Cuando los orgullosos navíos enemigos quedaban enredados en ella, perdiendo toda su inercia, los castillos los acribillaban sin piedad a quemarropa. Precisamente a los pies de lo que queda de San Martiño descansa la ensenada de Nande, hogar de una roca bautizada popularmente como el Cu da Raíña (El trasero de la Reina). Cuenta la leyenda local que la reina Mariana de Neoburgo, tras naufragar, posó allí sus reales posaderas a la espera de ser rescatada por los fornidos marineros de Mugardos.
El mecanismo de cerrojo del canal constituía un hito de la ingeniería de la época. Una colosal cadena de hierro forjado se tendía de orilla a orilla, conectando los gruesos muros del Castillo de San Felipe con los cimientos del Castillo de San Martiño (replicando sistemas análogos empleados en el Estrecho de Rande, en Vigo). En caso de aproximación de una flota hostil, la cadena se tensaba mediante tornos, bloqueando físicamente el avance de las embarcaciones de vela. Al chocar contra el obstáculo y quedar sin inercia, los navíos enemigos se convertían en blancos estáticos y letales para la artillería concentrada y cruzada de San Felipe y La Palma, que los destrozaban sistemáticamente mediante fuego a quemarropa.
Asimismo, el sistema defensivo perimetral se completaba con fortalezas menores en la ría de Ares, como la Batería de Raso, situada en la punta que domina el arenal de Seselle, de la cual hoy no perviven vestigios arqueológicos en superficie.
La Paranoia de Acero: La Batería de A Bailadora
Pero el romance de Montefaro tiene también un tono de melancolía industrial. Cuando los barcos se vistieron de acero a finales del siglo XIX, los viejos castillos quedaron obsoletos. La solución del Ministerio de la Guerra español fue perforar las entrañas de la montaña y subir la artillería a las nubes para instalar la Batería de A Bailadora, dotada con gigantescos obuses Ordóñez diseñados de 24 centímetros de retrocarga para que sus proyectiles cayeran verticalmente del cielo, perforando las cubiertas de madera de los acorazados enemigos.
Para que la dotación sobreviviera al supuesto apocalipsis naval se excavaron decenas de intrincados túneles y bóvedas subterráneas a prueba de bombas. Décadas después, durante la Guerra Civil Española, el recinto se modernizó instalando cuatro cañones antiaéreos Vickers de 105 milímetros (de los que hoy solo perduran los melancólicos agujeros en el suelo) para proteger el cielo ferrolano.
¿Y saben cuál es la suprema ironía de este colosal esfuerzo bélico? Que sus majestuosos cañones jamás abrieron fuego contra ninguna flota enemiga. Es, quizás, el monumento más caro y hermoso a una guerra que nunca sucedió.
La aparición de los nuevos buques acorazados dejó obsoletas las fortificaciones a nivel del mar, ya que sus disparos horizontales simplemente rebotaban contra el blindaje enemigo. Para solucionar esta vulnerabilidad, el Ministerio de la Guerra decidió en 1897 elevar la artillería aprovechando los 266 metros de altitud de Montefaro. Esta altura permitía realizar un tiro parabólico; de este modo, los proyectiles caían verticalmente desde el cielo, esquivando la coraza lateral y destrozando las frágiles cubiertas de madera de los barcos, que eran su único punto débil.
Renacimiento: «Ares Verde» y los Millones de Europa
Tras ser dotada de artillería antiaérea en la Guerra Civil, la naturaleza comenzó a reclamar lo suyo cuando el ejército abandonó el lugar en 1990.
El complejo de Montefaro se mantuvo operativo y vigilante durante las décadas centrales del régimen franquista, no obstante, la proliferación de la misilística guiada por radar y la conclusión de la Guerra Fría restaron todo valor estratégico a las baterías de costa estáticas. Tras un lento proceso de desmantelamiento de los cañones, el Ministerio de Defensa procedió al abandono definitivo de la zona militar en el año 1990. El lugar entró en una fase de paulatino deterioro, quedando a merced de las inclemencias meteorológicas atlánticas, la invasión de la maleza y, lamentablemente, graves episodios de vandalismo sobre el patrimonio arquitectónico.
Hoy, la zona es el corazón del proyecto turístico y deportivo «Ares Verde», un paraíso para el senderismo y el ciclismo de montaña (MTB). Sus visitantes se pierden por rutas salvajes que bordean vertiginosos acantilados, como la afamada travesía que une los caminos de Ares con la Punta Segaño.
Además, un ambicioso plan institucional regado con fondos europeos (NextGeneration) y capitaneado por la Diputación de A Coruña a principios de 2025, ha decidido poner fin a la ruina de estos gigantes de hormigón. Se ha aprobado una inversión inicial de más de 355.000 euros (solo para A Bailadora) destinada a desbrozar la selva atlántica que devoraba las piedras, consolidar los muros y dignificar el entorno para convertirlo en un referente histórico europeo durante el próximo lustro. Ya se barajan usos de futuro tan poéticos para estas baterías como la observación astronómica.
Hasta que eso ocurra, A Bailadora sigue siendo ese rincón perfecto donde uno puede sentarse sobre las ruinas de un viejo búnker, respirar el salitre, contemplar cómo el sol se esconde tras el horizonte atlántico, y sonreír al pensar que dioses, monjes y generales acabaron rendidos, exactamente igual que usted, ante la simple y abrumadora belleza de las vistas.